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Contraste
La primavera hace su entrada triunfal y un ramillete de santa ritas
queda entreverado entre los jazmines. El resto de las compañeras,
tan moradas y joviales como las traviesas del ramillete, se recues-
tan sobre los ladrillos soleados. Arriba aparece la ventana con los
postigos cerrados que, si bien luce un luminoso collar de dinteles y
pilares blancos, no alcanza para estar a tono con la exuberancia del
paisaje. La brisa de la tarde se roba el aroma de las flores mientras
que la persiana marrón permanece quieta, en silencio.
—¡Mirá Rita, arriba, ahí está espiando otra vez!
—Dejála Jazmín, no pierdas el tiempo.
Los ojos de la abuela estaban clavados en la hendija. Las flores
conocían la costumbre. La ventana se abría todos los días para
ventilar hasta media mañana y después a cerrar para que no entren
el polvo, las moscas, el calor, el ruido de la calle, ningún intruso.
Pero la curiosidad era grande, así que todas las tardes la abuela es-
piaba, parada, incómoda, con la frente apoyada sobre las tablillas
de madera.
—¿Por qué no sale a buscar lo que quiere?
—Porque prefiere estar a salvo, encerrada —explica Rita, que era
traviesa para escabullirse entre los jazmines pero muy entendida
de los comportamientos humanos.
—¿Cuánto tiempo habrá vivido —se preguntaba en voz alta la chis-
mosa de Jazmín.
—Calculo que setenta primaveras.
—¡Qué injusticia! Y nosotras sólo una.
—Pero cómo nos divertimos —sentenció la sabelotodo de Rita.
De pronto un ruido sordo se eleva desde el piso. Rita y Jazmín
estiran sus capullos y reconocen al jardinero que se trepa por la es-
calera. No puede ser. ¿Será el fin? Pero si hoy empieza la primavera.
El muchacho cumplió su misión. La abuela tiene su ansiado adorno
primaveral. Ahora Rita y Jazmín están mojándose los tallos corta-
dos dentro de un florero. Muertas.
Martín Isasa
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